
MONTEMORELOS. — Más allá de ser reconocida como la capital naranja, Montemorelos es un mosaico de sabores que se han cocinado a fuego lento a través de las décadas. Detrás de cada mostrador y aroma que emana de sus calles, se resguarda una historia que define la identidad de su gente. Recorremos tres paradas obligatorias donde la tradición, la resiliencia y el relevo generacional constituyen el ingrediente principal.
La taquería «La Número 1»
Nuestra primera parada nos conduce a la Calle Mariano Escobedo, en el corazón del centro. Aquí, un rincón ha desafiado el paso del tiempo: la Taquería «La Número 1». Consolidada desde 1995 como el punto de encuentro para los amantes de la parrilla, su origen es más profundo de lo que muchos imaginan.
Sergio Oyervides, con 22 años de maestría frente a las brasas, recuerda que el inicio fue austero:
«El que inició fue un hermano del patrón; allá tenía la parrilla afuera y ahí nomás saqué el pasillo… luego ya lo dejó y lo agarró el patrón».
Sin embargo, el factor determinante que marcó la diferencia en el mercado local existía mucho antes que la taquería misma. La Tortillería Número 1, con más de medio siglo de vida, sentó las bases del negocio: «La tortillería ya tiene más de 50 años. Agarran la tortilla calientita y eso fue lo que pegó. Hay de carne asada, barbacoa o mixto», explica Sergio. Para él, el oficio es una entrega absoluta que comienza a las 6 de la mañana, hora en que los clientes ya esperan ansiosos a que se abra la cortina.

Restaurante «El Presidente»
En la Calle Cuauhtémoc, la narrativa se transforma en una crónica de superación. En el Restaurante «El Presidente», la gastronomía surgió como respuesta a la adversidad. Hace seis años, Juan Antonio Ancer y su hermano convirtieron un antiguo edificio familiar en un proyecto de vida tras quedar desempleados.
El nombre del lugar no es coincidencia, sino un homenaje al imaginario local:
«Dicen que Fidel Castro vino en tiempos de la Revolución de Cuba… vino a Monterrey a buscar armas, pero se hospedó aquí en Montemorelos, en este hotel; por eso se nos ocurrió darle el nombre» relata Ancer.
Lo que comenzó como una propuesta sencilla, hoy ostenta una identidad nutrida por diferentes culturas. Desde las ya emblemáticas huastecas veracruzanas —receta de la cocinera Juani Cristóbal— hasta opciones contemporáneas como el salmón y hamburguesas de autor, el menú ha logrado abrazar los gustos de cada generación sin perder sus clásicos regionales como el chicharrón y el picadillo.

Panadería «La Espiga Dorada»
Finalmente, el aroma del trigo horneado nos guía hasta «La Espiga Dorada», un establecimiento que representa el puente entre el pasado y el presente a través de una técnica artesanal transmitida «mano a mano». Sixto Daniel Salazar asumió la dirección del negocio en un momento crítico para la salud de su padre, enfrentando el desafío emocional de trasladar 25 años de historia de la antigua panadería de «Don Tino» a un nuevo recinto en la Calle Capitán Alonso de León.
«Me enseñó a hacer lo que es el pan artesanal; trabajábamos en ese tiempo mano a mano con un horno pequeño», recuerda Sixto.
En sus vitrinas, el pan es un vínculo generacional.
«Tenemos alrededor de casi tres generaciones que nos siguen… ayer llegó una señora casi de 75 años, que tiene casi los 25 años viniendo con su hija y su nieta»
A pesar de la reciente mudanza, la esencia no se ha perdido. El nuevo local es testigo de un fenómeno particular: mientras los rostros de siempre buscan el sabor de su infancia, una nueva generación comienza a descubrir el secreto de su horno.

Al recorrer estas calles, queda claro que la cocina local de Montemorelos, además de poseer una sazón excelente, resguarda la historia misma del pueblo. La ciudad se define a través de su gente y de los sabores que han resistido décadas. Al final, lo que se sirve en la mesa no es solo alimento; es el testimonio de una comunidad que sabe que su identidad es, y será siempre, su ingrediente más valioso.








