Detrás de un frasco de miel o incluso de una taza de café, hay una historia que determina no solo su sabor, sino el futuro de cultivos enteros. Una historia que se construye aquí en el interior de una colmena, donde cada movimiento, por pequeño que parezca, sostiene a todo un ecosistema.
Con el traje de protección puesto, el humo cambia el instinto de las abejas de querer defenderse por el instinto de querer huir sin atacar. La apertura cuidadosa de cada caja inicia un proceso que exige precisión, paciencia y respeto. La organización de las abejas es tan exacta que cualquier cambio, por mínimo que sea, se refleja en la vida de toda la colonia.
En el mundo existen más de 20,000 especies de abejas, pero solo nueve producen miel. Aquí predomina la Apis mellifera, una especie con capacidad de adaptación, comportamiento cooperativo y fuerza polinizadora. Sus colonias pueden cambiar drásticamente según la temporada: reducirse a unos cuantos miles o multiplicarse hasta superar las 50,000 abejas, todas trabajando en perfecta sincronía

El equilibrio de la colmena
Sobre este fenómeno, el doctor Marcial Hernández, apicultor aficionado, lo explica de la siguiente manera:
«Se reducen a unas 2,000 abejas, a veces a 50,000 abejas. Es muy variable una colmena, pero una colmena de doble alza, unas 50,000 abejas más o menos».
En el centro de todo está la abeja reina. Ella es la única capaz de poner huevos y asegurar la continuidad de la colonia. En su mejor etapa puede producir más de 1,500 huevecillos al día con una efectividad de más del 95%, dependiendo de las condiciones que las hacen vivir hasta 5 años. A su alrededor, las obreras construyen, recolectan néctar y producen cera; cuidan las crías, regulan la temperatura y protegen la entrada del panal.
Para quienes conviven con ellas todos los días, este engranaje perfecto es más que un dato biológico. En palabras del Dr. Hernández:
«El campo necesita de las abejas, necesita de la polinización y mientras más abejas, más polinización y más vegetación, más diversidad de plantas también tenemos; y al tener más diversidad de plantas, más vegetación y todo eso, mejor lluvia, más lluvia y todo es una bendición».
Amenazas: Varroa y agroquímicos
Hoy las abejas enfrentan desafíos que amenazan no solo su supervivencia, sino también la estabilidad de los cultivos que dependen de ellas. Una de las amenazas más graves es la varroa. El Dr. Hernández detalla este peligro:
«La varroa es como un ácaro, es como una garrapatita que se encima a la abejita y la comienza a lastimar, a lastimar y a chupar y a vivir de ella hasta que las mata y puede invadir a toda una colonia y matar toda una colonia. Y hay otros tipos de enfermedades como la nocemia y otras que también pueden llegar a afectar y todo eso ha ido cambiando, todo eso ha ido evolucionando y pues nosotros como apicultores nos tenemos que ir adaptando a ese tipo de problemas».
Además de las enfermedades que alteran la dinámica interna y los cambios de clima, las abejas son sensibles a su entorno: cuando detectan que el nido está enfermo o estresado, abandonan su hogar. A estos retos se suma un problema crítico en la región: las fumigaciones indiscriminadas.
«Las fumigaciones… pues no dejan de ser un insecto y no deja de ser agresivo para ellas y se mueren colonias enteras cuando hacen fumigaciones en forma indiscriminada. Entonces yo siempre les digo: cuando fumiguen, fumiguen ya en las tardes, noches, que no hay abejas, o buscar algunos tipos de fumigantes que no sean nocivos para las abejas. Ya existen. Sabemos que son más caros y ya existen», advierte Hernández.

El panorama en Montemorelos
A pesar de los esfuerzos, falta un acompañamiento sólido para generar conciencia. Montemorelos llegó a ser uno de los principales puntos apícolas del país, pero la actividad ha decaído por la reducción de programas de apoyo. Al respecto, el doctor comenta:
«Las crisis y los pocos apoyos a veces que existen del gobierno… sí le ha pegado bastante; apoyos que son importantes como para la exportación e industrialización de la miel. Sí le ha pegado, pero pues hay una buena apicultura».
Aun así, la relación con el campo citrícola sigue siendo profunda. En temporada de floración, las colmenas se trasladan para obtener mieles únicas:
«Finales del mes de febrero o en el mes de marzo, todo es azahar, todo es flor de naranja. Y ahí es donde las abejitas agarran y les encanta el azahar y meten pura miel de azahar. Y esa miel de azahar para mí es la mejor miel o es una de las mejores mieles que puede llegar a existir».
Educar para valorar
El trabajo continúa fuera de la colmena frente al desafío de la adulteración. Por ello, espacios como Miel & Café se enfocan en educar. Liza Soto, fundadora de Miel Infinita, explica la visión del proyecto:
«Otra idea que hicimos ahí en Miel y Café era como para educar a la gente en cuanto a la miel, al conocer la miel».
Ayudar a reconocer una miel pura, cruda y madura es vital para valorar la apicultura. Jhonatan Martínez, barista del lugar, añade:
«Dependemos mucho de ellas para que realmente podamos tener los productos que ven aquí y realmente podamos igual generar las bebidas que aquí se ofrecen».
En este lugar, la miel no es solo un endulzante; es una experiencia para distinguir lo local y artesanal. Al final, las abejas son un recordatorio de lo esencial: mantienen vivos los huertos y sostienen los ciclos de lluvia.

Apoyar lo local y valorar el proceso artesanal es, en última instancia, asegurar que el zumbido de las abejas siga siendo el motor de nuestra tierra. El Dr. Marcial concluyó con una reflexión sobre su origen y valor:
«Las abejas fueron una maravilla. Fue una creación de Dios maravillosa. Aprovecharon la miel, consumieron miel local no industrializada; eso fue lo mejor para apoyar a los apicultores y a este bonito oficio».
Así como cada abeja cumple un rol, cada consumidor influye al elegir apoyar lo local:
«Aprovechen la miel, consuman su miel local con apicultores locales, miel que no está industrializada, eso sería lo mejor. Y así van a apoyar a los apicultores y a este bonito oficio que es la apicultura, que es hermoso».
Ser cuidadores de las abejas no es solo una labor agrícola, sino un compromiso con la vida misma en la región citrícola.









